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Cuento El gigante egoista

El cuento El gigante egoísta es un libro de literatura infantil escrito por el dramaturgo Oscar Wilde y publicado por primera vez en 1888. Es una fábula infantil, popular y tradicional que ha llegado a todo el mundo y en diferentes idiomas.

Hay diferentes versiones de la historia del Gigante Egoísta, incluso películas, dibujos animados y juegos interactivos. La versión reescrita del libro por Adivinanzas10.com en 2022 es el cuento para niños completo, pero corto y resumido, genial para leer a la hora de dormir o usar en la escuela gracias a sus fantásticas imágenes e ilustraciones.

Puedes leer el resumen del cuento clásico original escrito en nuestra web, o descargar la versión para imprimir en pdf de la historieta.

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El gigante egoísta

Érase una vez, en una pequeña aldea, un grupo de mejores amigos. Los niños y niñas quedaban cada día para ir a jugar al bosque, correr por la hierba, trepar árboles, jugar con los animalitos del bosque y nadar en el agua de un riachuelo cercano los días de sol. Siempre estaban juntos.

Un día, mientras jugaban, se adentraron en el bosque a través de unos senderos desconocidos para ellos, hasta que llegaron a un enorme palacio rodeado de enormes muros de piedra. Colmados por la curiosidad, decidieron escalar el muro y colarse en los jardines del majestuoso palacio. De repente, escucharon una voz terrorífica, que decía:

«¿Quién se atreve a entrar en mi palacio? ¡Largo de aquí!».

Temerosos, los niños quedaron paralizados por el miedo y comenzaron a buscar con la mirada la voz, y de repente, apareció un enorme gigante de ojos amarillos.

«¡Fuera de mis jardines insensatos! ¿Cómo os atrevéis? ¡No quiero volver a veros por aquí!».

Los niños, asustados y sin dudar, corrieron lo más rápido que sus cortas piernas les permitía.

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El terrible gigante, decidió que tenía que hacer aún más altos los muros de su jardín, además reforzó las paredes con dolorosas espinas y cadenas, ahora nadie podría pasar. Pero para asegurar sus deseos de que nadie entrara, puso un cartel en la puerta que claramente decía: «Prohibido pasar»

Los pequeños quedaron perplejos ante lo que habían visto, pero cada día volvían curiosos al palacio de forma silenciosa para observar al gigante egoísta. Ahí se quedaban durante horas y horas a lo largo de la mañana, aunque siempre volvían sus hogares decepcionados.

Así fueron pasando las estaciones una por una, topándose con la primavera, después el verano, posteriormente el otoño y definitivamente de nuevo el invierno. Tras caer los primeros copos de nieve, el palacio quedo cubierto por un manto blanco nevado, dando al lugar un aspecto descuidado y temible. El poderoso viento estremecía la entrada y golpeaba las ventanas, y aun así el gigante egoísta se quedaba sobre su sillón contemplando el lugar a esperas de que nuevamente callera la primavera.  

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Tras un par de meses de extremo frío, la nieve fue derritiéndose, el bosque volvió a florecer y a colmarse de color verde, los rayos del sol volvían a calentar la tierra y los animalitos que hibernaban salían de sus madrigueras en busca de alimento en el hermoso bosque. Para sorpresa de los pequeños, en el palacio persistía la nieve y su aspecto lúgubre.

«¡Qué desgracia!» – Lloraba el gigante egoísta – «Mi palacio permanece congelado y mi jardín ya no da vida, solo tristeza y oscuridad».

Dolido por la situación, sollozó en su cama con la intención de permanecer ahí hasta el último de sus días.

Pero su plan se vio interrumpido una mañana en la que comenzó a escuchar el hermoso cántico de un pájaro desde la ventana de su habitación, extrañado, el gigante gruñón decidió ver de donde procedía esa melodía tan hermosa.

Al asomarse, quedó perplejo, su jardín había recuperado la vida y su hermosa esencia. Las rosas habían florecido, los árboles habían dado sus frutos y la hierba había brotado más verde que nunca. Para su sorpresa, entre los árboles vio a los pequeños niños corretear y jugar felizmente.

«¿Cómo mi alma pudo ser tan malvada? Esos pequeños han dado vida a mi jardín y me han devuelto las ganas de vivir»

Repetía continuamente mientras bajaba las escaleras del palacio para ver de cerca su hermoso jardín.

Al salir por la puerta, observó como los pequeños subían a los robles, excepto uno de ellos, que al ser el más pequeñito era incapaz de subir un roble. Apiadado del pequeño, decidió subirlo al roble.

Tras esto, decidió deshacerse de todas las espinas y cadenas que había puesto alrededor de los muros de su palacio, amaba la alegría que los niños habían traído a su hogar.

Pero, desgraciadamente, los pequeños seguían temiendo al enorme gigante, temían ser expulsados de los jardines del gigante, así que rápidamente decidieron salir del palacio.

En el momento en el que los niños salieron del jardín, de nuevo, las flores comenzaron a marchitarse y la hierba a cubrirse de blanca nieve. Sin embargo, el más pequeñito de todos quedó aferrado y asustado en lo alto del roble.

«No llores» – le murmuró al pequeño niño, mientras lo colocaba en el árbol más próximo.

De inmediato el árbol se llenó de flores. El niño más confiado del gigante, lo abrazó.

Los demás chicos, que se encontraban escondidos entre la maleza del bosque, observaron lo que estaba sucediendo. El temible gigante ya no quería asustarlos ni echarlos, al contrario, deseaba que jugaran en su jardín, por lo que decidieron volver y unirse al juego con el más pequeño.

El gigante egoísta aprendió una gran lección gracias a esos niños, la importancia de la bondad y la generosidad. Si él no hubiera permitido que ellos jugaran en su jardín, su vida hubiera sido triste, oscura y desdichada. Compartir su jardín, no solo trajo de nuevo la primavera, también la alegría y felicidad.

Moraleja: ser generoso y bondadoso con los demás, nos hace felices, nos rodea de buenas personas.

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